Dom. Jun 16th, 2024
Brad Pitt, durante la final de Wimbledon.ISABEL INFANTES (EFE)

Como saben, Brad Pitt asistió a la final de Wimbledon para restregar al resto de la humanidad su impresionante aspecto a punto de cumplir 60. Sobre la hierba ganó el nuestro, Carlos Alcaraz, pero habría que ver la foto finish de quién se llevó más comentarios en redes sociales: ¿Por cuántos grupos distintos de WhatsApp les llegó la imagen del actor comiendo patatas fritas?

Se hicieron virales sendos tuits de @u_arroba y @JaviTannhauser, crueles a la par que cómicos, comparando un cromo de Tato Abadía, mítico jugador calvo y con bigote, cuando fichó por el Atlético, a los 27 años, y a la estrella de Hollywood en las gradas con 59. Admitiendo la evidencia científica, el pueblo se volcó con el producto local:

— “Todo lo que tú quieras, pero el Tato Abadía tiene una tienda de quesos en Logroño que te caes de culo. Y su mujer y él, que son los que te atienden, son más majos que las pesetas”.

— “Sí, pero Brad Pitt no ha marcado un gol en Las Gaunas”.

— “Ese bigote y esas entradas sin llegar a 30 años. España”.

Para compensar la gamberrada, @javitannhauser promocionó la quesería del exfutbolista en Logroño con una imagen más reciente y hay que decir que por el Tato Abadía no pasan los años: está igual que a los 27.

Otro tuitero, @artboucaya, llamaba la atención sobre un fenómeno curioso: “Nunca he encontrado el sentido de esto. Hace décadas, los jugadores parecían tener 50 años cuando apenas estaban en los 20″. La cuenta @futbolcarroza está llena de pruebas. Salvo algún que otro rostro que siempre será aniñado, como el de Julen Guerrero o Bebeto, y quitando a Míchel —nuestro Pitt del fútbol—, los jugadores de los noventa parecen en las imágenes de entonces los padres de los jugadores de hoy —por cierto, el hijo de Julen acaba de fichar por La Roma—. Los pantalones eran más cortos; las camisetas, por fuera, más anchas, a menudo iban patrocinadas por las extintas cajas de ahorro, y aunque en su momento nos resultaban —lo eran— jovencísimos, ahora no. También Las chicas de oro tenían la misma edad que las protagonistas de Sexo en Nueva York y unas, con el pelo blanco y rebequitas de lana, parecían ancianas y las otras un grupo de cheerleaders.

Agustín, Tato, Abadía ha comentado alguna vez que se le recuerda más por el bigote que por su fútbol. Injusto. Además de en el Atleti, jugó en el Logroñés y en el Compos, participando en el ascenso a Primera de ambos equipos. Pero es cierto que su bigote se ha convertido en un icono: representa esa época anterior al metrosexual, a los jugadores que encargan estudios de mercado para un corte de pelo, a los tatuajes y a las zapatillas de colorines… Todavía recuerdo el shock de ver a Alfonso con unas botas blancas cuando toda la vida habían sido negras. Aquello fue una pequeña revolución y sigue siendo un ejemplo de marketing digno de estudio. Cuando otras grandes marcas llamaron a su puerta, él prefirió quedarse con la marca de Toledo, Joma. Después de todo, les debía uno de los apodos más bonitos del fútbol (el mago de las botas blancas), con permiso del príncipe de las bateas, Iago Aspas.

Bucear en @Fútbolcarroza también permite recordar antológicos titulares de prensa deportiva. “Debí despejarla”, se lee en letras gigantes junto a una imagen de Busquets con las manos vendadas tras quemarse al tratar de “blocar” una plancha caliente que iba a caer sobre su hijo. Figo: “No podría ir nunca al Real Madrid. Sería traicionar a la afición del Barcelona”; Caneda: “En mi club, Bebeto duraba dos días”…

“El fútbol es presente rabioso”, dijo una vez Jorge Valdano para explicar por qué los clubes no preparaban bien a los jugadores para el día después, para la retirada. Cierto. Pero a la vez es esencialmente nostálgico. Recordamos algunos goles como algunos besos, y a unos cuantos jugadores originales, carismáticos, como si fueran parte de la familia. De ahí que en Twitter, el Tato Abadía ganase por goleada al guapísimo y jovencísimo Brad Pitt.

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