Vie. Jun 14th, 2024

El Celta anunciará en breve la incorporación de un director deportivo a tiempo completo tras el fracaso de su experiencia con un “asesor deportivo externo”, el portugués Luis Campos, con el que anunció un acuerdo de desvinculación tras un año y medio de colaboración. El equipo está en puestos de descenso y ganó apenas 13 partidos de los 56 que disputó mientras pagó el salario de Campos. La entrada de un nuevo equipo directivo con Marian Mouriño en el relevo de la presidencia que ostentaba Carlos, su padre, ha propiciado el regreso a un modelo más clásico.

En la primavera de 2022 el Celta creyó haber encontrado un pilar sobre el que asentar un crecimiento futbolístico. Tras años de zozobras e indefiniciones se instaló en el club la idea de pensar en grande con la vista puesta en el centenario que se iba a celebrar en el año que ahora termina. Así que la salida de Felipe Miñambres de la dirección deportiva se entendió como una oportunidad. Y fue ahí cuando el club quiso acercarse a la élite a través del contacto con Campos, un tipo sobre el que recaía la etiqueta de gurú, constructor como había sido de escuadras que conocieron asombrosos crecimientos y se beneficiaron de lucrativas plusvalías gracias a su pericia en el scouting y el mercadeo futbolístico.

Entre 1993 y 2005 Campos acumuló fugaces y poco exitosas experiencias como entrenador en clubs portugueses como Esposende, Leiria, Desportivo das Aves, Leça, Penafiel, Gil Vicente, Varzim, Vitoria de Setubal y Beira Mar. Con los tres últimos descendió de categoría. Pero a mediados de la primera década de este siglo, con Jorge Mendes como introductor y Jose Mourinho como avanzadilla, técnicos y estrategas lusos se convirtieron en tendencia y bandera de un nuevo fútbol que valoraba la formación, el estudio o la adaptación a las nuevas tecnologías. Portugal se convirtió en vanguardia y la Facultad de Deportes de la Universidad de Oporto en la academia de un nuevo conocimiento.

Campos estaba ahí y se subió a esa ola, que le llevó a los grandes escenarios del continente implicado en el desarrollo de software de entrenamiento y scouting. A Mourinho le ofreció una aplicación a medida, el Mourinho Tactical Board, y en 2012 acabó por integrarse en el Real Madrid, pero tras apenas un año voló para convertirse en arquitecto de equipos. En Mónaco y en Lille revalorizó, vendió y ganó. Lemar, Bernardo Silva, Fabinho, Anthony Martial, Rafael Leao o Victor Osimhen están en su portfolio. Recibió la etiqueta de descubridor de Kylian Mbappé. Que un director deportivo con ese curriculum fuese a trabajar para el Celta disparó las expectativas.

Pero había un condicionante. Campos tenía claro a esa altura cual debía ser su método. “La visión externa permite obtener buenos resultados”, explicó en Vigo. Y así reafirmó su perfil. Campos operaría como un asesor que señalaría o acercaría perfiles de futbolistas a los que supuestamente el Celta ni soñaba con acceder. Y serían los dirigentes, encabezados por el presidente Carlos Mouriño y el director general Antonio Chaves, quienes cerrarían después los contratos. Para completar su ascendencia, Campos designó a un valido en la persona de Juan Carlos Calero, un albaceteño que trabajaba en la escuela de fútbol de Iniesta en Japón y que se estableció en Vigo como coordinador deportivo, en realidad un enlace entre club y gurú.

Porque Campos advirtió que iría y vendría. Cuando cerró su acuerdo con el Celta trabajaba también para el Galatasaray. Pero no tardó en romper su relación con los turcos, detalle que todavía generó más expectativa en Vigo. Hasta que en junio de 2022, antes incluso de ser presentado en la ciudad gallega, se anunció su contratación por parte del París Saint-Germain y se armó un inopinado ménage à trois. “No podíamos tenerlo solo nosotros”, justificó entonces el presidente Mouriño.

Campos insistió entonces en que estábamos ante una revolución: la llegada de la consultoría que trazaba estructuras deportivas atendiendo a clientes de diferentes entornos. La única condición es que no fuesen competidores directos. “PSG y Celta son muy distintos, tienen diferentes condiciones económicas, masas salariales y nichos de mercado”, aclaró Campos en la única rueda de prensa en la que se ha expuesto en Vigo, hace ahora trece meses. Nadie le pedía que convirtiese al Celta en el PSG, pero de alguna manera ya estaba marcando un tope para el crecimiento del equipo.

Para entonces sus primeras operaciones ya habían generado dudas. La venta de Brais Méndez a la Real Sociedad por 14 millones de euros pareció primero una ganga y después un desperdicio, si se considera que de inmediato llegaron Strand Larsen y Willot Swedberg por 18 millones. El resumen de la temporada lo hizo Iago Aspas tras salvar la categoría sobre la bocina. “Nos falta calidad, lo dije en agosto y en enero y no se subsanó”, lamentó. Campos había armado un equipo peor al que había recibido y por el camino liquidó al técnico Chacho Coudet, bien considerado por los pesos pesados de la caseta, para reclutar a su compatriota Carlos Carvalhal, que mal que bien salvó la papeleta. El trabajo de este verano tampoco parece haber cubierto las necesidades que reclamaba Aspas. Apuestas sin experiencia en la Liga como las de Douvikas, Starfelt, Ristic o Bamba no han elevado el nivel del equipo hacia donde se aguardaba visto el currículum del reclutador. La plusvalía económica se alcanzó gracias a las ventas de Brais Méndez y Gabri Veiga, las dos últimas joyas de la cantera.

A Campos se le afea en Vigo su tibio compromiso con el club, por más que Calero insistiese en que tenía “toda la dedicación del mundo”. Esta temporada apenas asistió a un partido del equipo, en Girona y la última vez que se le vio por la ciudad fue a mediados de agosto. Para entonces la confianza en él ya estaba socavada y más tras un cierre de mercado en el que a última hora se difuminaron todas las opciones de incorporar una pieza para el medio centro que solicitaba el técnico Rafa Benítez. Pocos días después de aquel fiasco el presidente del PSG, Nasser Al-Khelaifi, aseguró que llevaba dos meses trabajando 20 horas al día con Campos, que en efecto estaba radicado en París y acudía a la mayor parte de los partidos del equipo, incluso a domicilio. Así que el Celta se sintió segundo plato.

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