Jue. May 23rd, 2024

Cuando tenía diez años, una tarde mis padres recibieron a unos amigos de cierta ciudad de provincias cuyo nombre no diré ahora para no ganarme enemistades. El caso es que aquellos amigos tenían un niño de mi edad y ya saben: pórtate bien, déjale tus juguetes, hazle caso, es tu invitado. Recuerdo que mientras los mayores conversaban de sus cosas, yo intenté cumplir mi palabra y ser amable y atenderle, pero me resultaba imposible conectar con ese chaval tímido hasta el extremo que respondía a mis palabras con murmullos y secos monosílabos. Los silencios entre nosotros eran abismos. En una de esas, desesperado, saqué el mejor comodín que existe para entablar conversación con un desconocido y le pregunté si le gustaba el fútbol. Él levantó su mirada, sonrió lleno de ilusión y asintió con la cabeza. “¿Y cuál es tu equipo?”, insistí. Entonces alzó el mentón y dijo que era hincha del club de su ciudad, esa ciudad de provincias que no quiero nombrar para no ser odiado por sus habitantes. En aquel entonces aquel equipo se arrastraba por la Segunda División B. Juro que mi reacción no fue premeditada y que lo que respondí me salió del alma. Resulta que le miré con compasión y dije: “Joder, pobre. Lo siento”.

Creo que no hablamos más en toda la tarde.

En aquel entonces mi equipo, el Athletic Club, no hacía mucho que se había llevado la Liga y estábamos acostumbrados a ganar y ganar. Para mí, ser hincha de un equipo campeón era un motivo de orgullo y no podía entender que alguien siguiera los colores de un club cuyo objetivo fuera subir a Segunda, esa división que para nosotros era una suerte de infierno impensable. Qué mal debías de estar para que tu meta fuera llegar al abismo con el que los más agoreros nos asustaban a nosotros. Qué jodido ser hincha de un equipo así, me dije. Mi reacción no fue condescendiente, sino empática.

Esta semana he leído Mala piel, (Libros del KO) de Toni Padilla, libro en el que el periodista de Sabadell relata su amor por el club arlequinado. No hay en sus páginas glosas de grandes gestas deportivas, pero sí la crónica de una pasión por una camiseta que es la propia y no puede ser otra, una zamarra heredada que se viste con orgullo pase lo que pase en el césped. Un canto a la asunción satisfecha de un destino. Leyendo el sentir de Padilla por sus colores, recordé la famosa frase de Albert Camus: “Hay que imaginar a Sísifo feliz”.

También esta semana el escritor Miqui Otero me hablaba del San Andreu y del Europa y de cómo los jóvenes de Barcelona se habían acercado a este fútbol distinto y más auténtico que el de la megaélite. Aunque se mostraba al tiempo preocupado: ya hay en las calles de Barcelona carteles en inglés informando al turista de los partidos de estos equipos.

Estos días se repiten las imágenes de hinchadas de clubes de cierto abolengo tomando las gradas y las calles de ciudades que se vanaglorian de ellos con orgullo de madres: Hércules, Castellón, Deportivo, Racing. En otras, el fútbol local reverdece en una nueva primavera: Córdoba, Burgos, Oviedo, Gijón, Salamanca. Pareciera que por fin en las ligas españolas se ha despertado el orgullo por el club local, el fútbol de proximidad y el de barrio. Es posible que el hincha, cansado de la globalización futbolera, haya vuelto de nuevo los ojos hacia el club más cercano, como ese marido, esa mujer, que se da cuenta de que nada de lo que su amante parecía ofrecerle compensaba dejar el hogar. Ojalá sea verdad y el fútbol resplandezca menos en oro y más en plata y bronce y estaño, y también acero, cobre, bronce, latón y hierro.

Aquel día, de niño, me comporté como un imbécil porque ignoraba la más importante lección de la grada del fútbol, que es la misma que del amor: no hay clubes mejores que otros. El mejor es siempre el tuyo, el que amas. Y lo es precisamente porque lo amas. Ojalá pudiera viajar en el tiempo y cambiar mi respuesta. Poner la mano en el hombro de aquel tímido chaval y transmitirle el admirado respeto que se merecía.

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