Jue. Jun 13th, 2024

El arresto de Mahmud Hamza, líder de la milicia 444, una de las más poderosas de Trípoli, a manos de un grupo armado rival desencadenó el martes la enésima ronda de enfrentamientos entre grupos armados en la capital libia. Según la prensa local, los choques, los más violentos en el último año, se han saldado con al menos 55 víctimas mortales y 146 heridos. Tras un acuerdo patrocinado por el Gobierno de Unidad Nacional (GUN), la mañana del miércoles, Trípoli parecía haber recuperado la calma, aunque todavía se podía oír disparos y alguna explosión de forma esporádica.

Aunque la milicia “Fuerzas especiales de Disuasión” (conocida como Rada) no ha explicitado el motivo del arresto de Hamza, algunos observadores señalaban a la pugna por el control del aeropuerto de Trípoli entre ambos grupos armados como la causa más probable del conflicto actual. El plan del GUN para la reconstrucción del aeropuerto internacional de la capital desvelado hace algunos meses otorga a la milicia 444 el control de la seguridad de la infraestructura en detrimento de los intereses de la Rada, que habría decidido pasar a la acción.

La noche del martes, el primer ministro del GUN, Abdulhamid Dbeiba, visitó las zonas más castigadas por los combates, que se situaron en los barrios del sur de Trípoli y que obligaron a desalojar a cientos de familias. Su gesto pretendía visibilizar el fin de las hostilidades gracias a un acuerdo alcanzado tras la mediación de su Gobierno y que implicó la entrega de Hamza al Aparato de Apoyo a la Estabilización, un cuerpo de seguridad neutral bajo la supervisión de Dbeiba. En teoría, Hamza permanecerá bajo la custodia del Aparato mientras se resuelve una demanda judicial en su contra.

“La raíz del conflicto se halla en la voluntad del Gobierno de Unidad Nacional de debilitar la fuerza y el poder de la Rada, que es una milicia de ideología yihadista, y que otros grupos ocupen su lugar. Y claro, Rada no lo va a aceptar resignadamente”, opina Bechir Jouini, un analista especializado en Libia, que considera que la gran pregunta ahora es si los choques van a influir en una próxima reunión entre las facciones libias convocada por el representante de la ONU en Libia, el diplomático senegalés Abdulaye Bathily.

El primer ministro del Gobierno de Unidad Nacional de Libia, Abdulhamid Dbeiba, en Berlín (Alemania), en 2021.SEAN GALLUP / POOL (EFE)

Ambas milicias, las más poderosas de las presentes en Trípoli, forman parte de la heterogénea alianza que apoya a Dbeiba, elegido en 2021 bajo los auspicios de Naciones Unidas, aunque tiene ya su mandato caducado, como la mayoría de instituciones de un país en un estado de bloqueo institucional perpetuo. Mientras Dbeiba controla la mitad occidental de Libia, en la región oriental, la Cirenaica, existe otra alianza parecida de tribus, partidos y milicias, liderada por el general Jalifa Hafter.

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El incidente en Trípoli pone de manifiesto hasta qué punto la política en Libia es fragmentada y convulsa. Aunque, a grandes rasgos, el país magrebí está dividido en dos grandes bloques, estos no son estáticos ni monolíticos, pues acogen grupos con intereses y visiones muy diferentes, e incluso a menudo contrapuestos. La lucha por el poder en Libia no es solo entre las instituciones del Este y Oeste, sino dentro de cada uno de estos territorios. Además, también suelen surgir discrepancias sobre las negociaciones con el bloque rival sobre el futuro del país, e incluso hay a veces milicias o instituciones que cambian de bando.

Sin sistema político estable

Este panorama de incesantes conflictos, que a veces derivan en estallidos violentos, es el que padece la población libia desde hace más de una década. Hasta ahora, todos los intentos por crear un sistema político estable han resultado fallidos. El último fue la celebración de elecciones presidenciales a finales de 2021, que se acabaron aplazando sine die por los obstáculos políticos y logísticos existentes.

Bathily ha intentado proponer un nuevo horizonte electoral este año, pero todo indica que la iniciativa correrá la misma suerte que las anteriores. En teoría, casi todos los actores políticos libios quieren un Estado central con unas instituciones sólidas, pero solo bajo la condición que caigan bajo su control. Y ante la imposibilidad de que eso ocurra, se eterniza la inestabilidad y el desgobierno.

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