Jue. Jun 13th, 2024

Cuando escuché por primera vez que estaban masacrando a civiles israelíes en la frontera del país con Gaza, pensé en mi amigo Amir Tibon. Amir es un periodista de talento excepcional que domina el hebreo, el árabe y el inglés, y que ha dedicado su vida y sus conocimientos a la cobertura humanista de lo que a menudo puede ser una región deshumanizadora. Entre sus trabajos destacan un reportaje premiado sobre los esfuerzos para lograr una solución de dos Estados y una biografía del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas.

El domingo yo no sabía si estaba vivo o muerto.

Eso es porque Tibon vive en Nahal Oz, una pequeña comunidad fronteriza con Gaza que no está protegida por la Cúpula de Hierro, el escudo antimisiles. El sábado fue atacada con morteros desde el aire e invadida en tierra por terroristas de Hamás. Durante su incursión en Israel, estos asesinaron a más de 900 israelíes, y humillaron o secuestraron a más, la mayoría civiles. El número de muertos sigue aumentando.

Tibon y su familia sobrevivieron a la matanza indiscriminada, pero solo después de pasar por una experiencia terrible. Esta noche, justo antes de que acostara a sus dos hijas pequeñas, hemos hablado de lo sucedido, de cómo se salvó, de por qué cree que Israel ha llegado hasta este punto y de lo que le gustaría ver por parte de la comunidad internacional en los próximos días. Nuestra conversación ha sido editada y condensada para mayor claridad.

“Estoy preocupado por mi país”

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Yair Rosenberg. ¿Cómo es su vida en este momento?

Amir Tibon. Me alegro de estar vivo. Me alegro de que mi familia esté viva. Estoy en casa de mis parientes. Estoy muy preocupado por mis amigos y vecinos heridos o secuestrados en Gaza. Y estoy preocupado por mi país.

Y.R. Como judío practicante, no utilizo aparatos electrónicos ni accedo a Internet en las festividades judías ni durante el Sabbat, así que cuando me conecté después de dos días, usted ya había publicado que estaba a salvo y compartido la desgarradora historia de la experiencia que tuvieron usted y su familia. ¿Puede hablarnos de lo que han vivido?

A.T. Me alegro de que se perdiera los acontecimientos mientras sucedían, porque fue un día nefasto, realmente el peor día en la historia del Estado de Israel. Era sábado, 7 de octubre. Estábamos en la cama, durmiendo. Vivo con mi mujer y mis dos hijas pequeñas en el kibutz Nahal Oz. Es una comunidad pequeña, de 500 personas, situada directamente en la frontera de Israel con Gaza. Un lugar precioso, gente muy valiente y que resiste mucho, con un fuerte sentido de la comunidad y del compañerismo. Pero era sábado, eran las seis de la mañana, y oímos un sonido al que estamos habituados: el sonido de un mortero a punto de explotar. Es como un silbido.

Mi mujer, Miri, me empujó enseguida. Corrimos desde nuestro dormitorio a lo que llamamos la habitación segura. En todas las casas de nuestra comunidad y de otras comunidades a lo largo de la frontera con Gaza, hay una habitación construida con hormigón muy resistente que puede soportar el impacto directo de un mortero o un cohete. Y ahí es donde la mayoría de las familias ponen a dormir a los niños todas las noches. Así que corrimos a la habitación blindada donde estaban nuestras dos hijas: Galia tiene tres años y medio; Carmel un año y medio.

No saben que está pasando algo. Cerramos la puerta y esperamos. Es algo a lo que estamos acostumbrados. Cuando vives en la frontera con Gaza, ataques como este ocurren de vez en cuando. A veces esperas una hora, haces las maletas mientras tanto y, cuando hay una pausa de unos minutos, metes a tus hijos en el coche y te alejas de la frontera hacia un lugar más seguro.

Pero esta vez, mientras hacíamos las maletas, oí el ruido más escalofriante que he oído en mi vida. Tiroteos con armas automáticas a lo lejos. Primero oí los disparos en los campos. Pero luego los oía en la carretera, luego en el barrio, y luego al otro lado de mi ventana. Estaba en la habitación con mi mujer, y oía los disparos directamente fuera de mi ventana, y también gritos. Entiendo el árabe. Comprendí exactamente lo que estaba pasando: que Hamás se había infiltrado en nuestro kibutz, que había terroristas junto a mi ventana, y que yo estaba encerrado en mi casa y dentro de mi habitación blindada con dos niñas pequeñas, y no sabía si alguien iba a venir a salvarnos.

Así es como empezó.

Y.R. Una cosa para que la gente lo entienda: Nahal Oz está muy, muy cerca de la frontera de Gaza. Y por eso ustedes no tienen algo como la Cúpula de Hierro y por eso se refugian en la habitación blindada.

A.T. Sí, estamos tan cerca que la Cúpula de Hierro, que es un invento increíble que protege grandes partes de Israel de los ataques con misiles, no tiene sentido en nuestra zona.

Pero le diré una cosa. En cierto modo, el hecho de que dispararan los morteros contra nuestra comunidad antes de atravesar la frontera salvó la vida de muchas personas, porque hizo que la gente corriera a refugiarse en la habitación blindada. Y esta habitación, si la cierras bien, es muy difícil de abrir desde fuera. Mucha gente permaneció atrincherada en esas habitaciones seguras durante horas y, algunos, un día entero. En muchos casos, los terroristas intentaron entrar, pero no pudieron.

Lo que nos ocurrió a nosotros es que estábamos sentados allí en la oscuridad. Pocos minutos después de entrar y oír los disparos, se cortó la luz. No teníamos comida. Teníamos un poco de agua. Y les dijimos a nuestras hijas: “Tenéis que estar calladitas ahora. Tenéis que estar completamente calladas. Ni una palabra. No podéis llorar. No podéis hablar. Es peligroso.” Y mis hijas se portaron como unas auténticas heroínas. Esperaron en silencio en la oscuridad durante 10 horas, y no lloraron. Lo entendieron. Tal vez no sea la palabra correcta, pero percibieron que hablábamos en serio. Así que estuvimos con ellas a oscuras, y estuvieron completamente calladas.

Al principio, seguíamos teniendo cobertura. Al cabo de un rato, dejó de haber. Les envié un mensaje de texto a mis padres: “Hay terroristas afuera”. En realidad, pensábamos que estaban dentro de casa, porque estaban disparando munición real contra nuestra casa, y lo oíamos como si estuvieran dentro. Y miramos el grupo de mensajes que tenemos los vecinos, y todo el mundo decía que había terroristas fuera o dentro de su casa.

Llamé a un compañero y amigo, Amos Harel, un corresponsal de Haaretz experto en asuntos militares. Le dije: “Amos, hay terroristas fuera de mi casa, puede que incluso dentro”. Y lo que Amos me respondió fue lo más aterrador que he oído jamás. Me dijo: “Sí, lo sé, pero no es solo en tu kibutz; no es solo en Nahal Oz. Están en todo el sur de Israel. Están por todas partes. En ciudades, pueblos, kibutz y aldeas. Miles de combatientes armados de Hamás se han infiltrado en el país. Han tomado bases militares”. Eso me asustó, porque caí en la cuenta de que si esa era la situación, los militares tardarían mucho tiempo en venir a plantar cara a esos terroristas y salvarnos.

Y.R. ¿Podría hablarnos de cómo hemos llegado hasta este punto?

A.T. Sí, me gustaría decir algo sobre este fracaso del ejército y del Gobierno. Miri y yo nos mudamos a esta comunidad en 2014, inmediatamente después de la guerra que tuvo lugar ese verano entre Israel y Hamás, la guerra entre Israel y Gaza de 2014. Entonces vivíamos en Tel Aviv, éramos una pareja joven sin hijos. Y durante aquella guerra, las comunidades de la frontera de Gaza padecieron el uso por parte de Hamás de túneles subterráneos para atacar Israel. Básicamente cavaron túneles bajo la frontera. Los combatientes salían de debajo de la tierra al otro lado y mataban y secuestraban a soldados. Lo que más miedo daba entonces eran los túneles. En un principio, vinimos para apoyar a la comunidad, pero nos enamoramos del lugar y decidimos quedarnos.

Los sucesivos Gobiernos israelíes, todos ellos dirigidos por [el primer ministro] Benjamin Netanyahu, invirtieron miles de millones de dólares —creo que algunos de ellos procedían en realidad de la ayuda de Estados Unidos— en la construcción de un muro subterráneo para impedir que Hamás volviera a utilizar esos túneles. Fue un proyecto de infraestructuras trascendental para el Estado de Israel. Y ese proyecto nos permitía dormir por la noche, porque puedes resistir frente a los misiles que caen sobre tu cabeza si tienes un cuarto blindado en la casa, pero si los terroristas se infiltran bajo tierra y pueden entrar en tu comunidad, eso lo cambia todo. Y la razón por la que pudimos vivir allí, y eso es válido para todos, es por este muro subterráneo que Israel construyó. Y en las horas de la mañana del sábado 7 de octubre, cuando oímos los disparos frente a nuestra ventana, nos dimos cuenta de que este proyecto era un fracaso total y absoluto.

Israel invirtió mucho en él, ¿y qué hizo la gente de Hamás? Cogieron algunos tractores y todoterrenos y pasaron por encima del muro fronterizo. Lo preparamos todo para que les resultara imposible entrar desde el subsuelo, y simplemente atravesaron la frontera. Es un gran fracaso. Y así, volviendo a la conversación con Amos Harel, cuando caí en la cuenta de que la situación era la misma en todas partes, fue cuando pensé: Vale, vamos a morir aquí. Nadie va a poder llegar a tiempo. Y si consiguen entrar en la casa, luego intentarán entrar en la habitación blindada. Y si lo consiguen, estaremos muertos o nos secuestrarán.

Y.R. ¿Cómo salisteis finalmente?

A.T. Llamé a Amos, pero también llamé a mi padre. Mi padre es un general retirado. Tiene 62 años. Vive en Tel Aviv. Y mis padres me dijeron: “Vamos para allá. Es una hora y 20 minutos en coche. » Ahora bien, esto va en contra de toda lógica. Pero me dije: “Vale, ahora mismo estoy pidiendo a mis dos hijas pequeñas que confíen plenamente en mí y en mi mujer, en sus padres, que hagan lo que les decimos para salvar sus vidas, que es que estén muy, muy calladas y que entiendan que no podemos salir de la habitación, que no podemos ir a por comida, que no podemos ir al baño, que no podemos salir a jugar, y les estoy pidiendo que confíen plenamente en mí”.

Y me dije, en estos momentos tengo que hacer lo mismo. Tengo que confiar en mi padre, es un hombre digno de confianza, y si ha dicho que vendrá a salvarnos, lo hará. Solo al cabo de muchas horas, cuando llegó mi padre, supe lo que les había ocurrido ese día a él y a mi madre, que es una historia increíble en sí misma.

Mis padres salieron en coche desde Tel Aviv. Llegaron a la ciudad de Sderot, que es la más grande de la zona fronteriza. Cuando llegaron, vieron a gente caminando descalza por la carretera. Eran supervivientes de un festival de música que se había celebrado cerca, al que la gente de Hamás llegó de madrugada y donde masacró a más de 200 personas, jóvenes que habían acudido a un festival de música. Mis padres metieron a los supervivientes en su coche y los alejaron de la frontera. Ya habían llegado a la zona fronteriza, pero vieron a gente que necesitaba ayuda, así que los recogieron. Luego dieron la vuelta y siguieron conduciendo hacia nuestra zona.

Hicieron una parada en una comunidad próxima que está cerca de la frontera, pero no tanto como la nuestra. Y mi padre convenció a un soldado que estaba allí y buscaba la forma de ayudar, de que fuera con él a Nahal Oz, a mi kibutz, para matar a terroristas y salvar familias. Ponen rumbo al kibutz, pero por el camino ven que los combatientes de Hamás han tendido una emboscada a una unidad militar. Salen del coche. Mi padre está jubilado; no tiene armas de uso militar. En Israel, a diferencia de Estados Unidos, los ciudadanos no pueden comprar un AR-15, y me alegro por ello. Pero mi padre lleva una pistola, y él y este otro militar se unen a los soldados que luchan contra la célula de Hamás y les ayudan a matarlos. Ahora están muy cerca de mi kibutz. Están a cinco minutos de la entrada de mi kibutz, pero dos de los soldados están heridos. Y de nuevo, mi padre tiene que dar la vuelta. Mete a los soldados heridos en el coche con la ayuda de ese otro soldado que se le unió, y vuelven adonde está mi madre.

Mi madre coge el coche y se lleva a los soldados heridos a un hospital. Mi padre ve a otro exgeneral retirado, Israel Ziv, que está más cerca de los 70 años que de los 60. Pero Israel se puso el uniforme y vino al sur como un soldado más para intentar ayudar. Mi padre le dice: “Israel, no tengo coche. Mi mujer se ha llevado a los soldados heridos al hospital para salvarlos. Necesito llegar hasta Nahal Oz, donde mi familia está atrincherada. Mis nietas están allí. Llévame a Nahal Oz”.

Estos dos tipos de más de 60 años conducen un coche normal. Ni siquiera es un todoterreno ni nada por el estilo. No es un vehículo blindado. Es solo un coche, como los que conduce la gente por la autopista de Nueva Jersey para ir al trabajo por la mañana. Ahora conducen por la carretera donde media hora antes habían tendido una emboscada mortal a los soldados. Los dos llevan armas. Mi padre había cogido las armas de los soldados heridos, que se las dieron porque les dijo: “Voy a volver a entrar”.

Llegaron a la entrada del kibutz. Y cuando llegan allí, se encuentran con un grupo de soldados de las fuerzas especiales que están a punto de comenzar el peligrosísimo proceso de ir de casa en casa en nuestra comunidad para intentar plantar cara a los terroristas y liberar a la gente que está atrincherada. A esas alturas, no tengo ni idea de que todo esto está ocurriendo. Estamos en la habitación blindada. Los terroristas siguen fuera. Y no tenemos cobertura. El teléfono no tiene batería. Esperamos en la oscuridad.

Soldados israelíes caminan junto a un civil asesinado por milicianos de Hamás en el municipio de Sderot (Israel), el sábado 7 de octubre de 2023. Ohad Zwigenberg (AP)

Pero empezamos a oír disparos de nuevo, y esta vez, son de dos tipos de armas. Y nos dimos cuenta de que había una batalla. Nos dimos cuenta de que había intercambio de disparos. Y le dije a mi mujer: “Ya viene. Viene mi padre. Están luchando. Está con esos soldados”. No vinieron inmediatamente a nuestra casa. Fueron de casa en casa, de barrio en barrio, dentro de nuestra comunidad. No recuerdo cuánto tardaron.

Escuchábamos los disparos cada vez más cerca. Las niñas se habían dormido, pero entonces se despertaron. Creo que eran las dos de la tarde. No habían comido nada desde la noche anterior. No había luz, y los móviles se habían apagado, así que ni siquiera pudimos dejar que nos vieran la cara. Pero hubo una frase que impidió que se derrumbaran y se pusieran a llorar. Les dije: “Viene el abuelo”.

“Vendrá vuestro abuelo y nos sacará de aquí”

Les dije: “Si nos quedamos callados, vendrá vuestro abuelo y nos sacará de aquí”. Y a las cuatro de la tarde, después de 10 horas así, oímos un fuerte golpe en la ventana y escuchamos la voz de mi padre. Galia, mi hija mayor, dijo: “Saba higea”, “El abuelo está aquí”. Y fue entonces cuando todos rompimos a llorar. Fue entonces cuando supimos que estábamos a salvo.

Y.R. Quiero pasar un poco de lo personal a lo político. Usted trabaja para un periódico liberal de Tel Aviv. La mayoría de la gente da por sentado que vive en Tel Aviv, pero no es así. Se mudó a Nahal Oz, y me ha dicho que se le ocurrió irse allí después de visitar la ciudad por primera vez como periodista, tras otro enfrentamiento con Gaza, durante el cual la comunidad fue atacada con misiles una y otra vez. Y, sin embargo, allí conoció a personas que eran patriotas israelíes comprometidos con el lugar y con la paz y que querían encontrar algo mejor, aunque quizás tuvieran más razones que nadie para desconfiar del futuro. Sé que usted comparte esa fe, pero me pregunto cómo se siente ahora. ¿Se tambalea alguna vez esa fe?

A.T. La política en nuestra zona, en la zona fronteriza de Gaza, es muy interesante, y es un microcosmos de la política en Israel. Las comunidades de los kibutz, como la mía, son muy de izquierdas. Y la gran ciudad de la zona, Sderot, que también fue víctima de una catástrofe terrible, terrible, es en realidad mucho más de derechas y religiosa y apoya a Netanyahu. Así que hay una división. Pero estamos juntos en esto. Es cierto que existe esta división, pero ambos estamos sufriendo la misma situación en estos momentos. Y creo que, una vez que esto termine, mucha gente va a replantearse todo.

Amo a mi comunidad. Amo a mis vecinos. Estoy orgulloso de ellos por su resistencia en ese día horrible. Lo que vivimos no es una historia única. Es la historia de toda una región de Israel.

Me avergüenzo de mi Gobierno. Teníamos un trato con el Estado para que comunidades como la nuestra protegieran la frontera. Por eso la gente vive allí. Protegemos la frontera con nuestra presencia allí. Es una estrategia fundamental del Estado de Israel desde los primeros días del país: una frontera que no tenga comunidades civiles y vida civil a lo largo de ella no está debidamente protegida.

Cumplimos nuestra parte del trato. Vivimos en la frontera. A veces pasamos por situaciones difíciles, por los morteros y por el uso de artefactos incendiarios para provocar fuegos en los campos. Si vives en un lugar como Nahal Oz, te levantas cada mañana y sabes que hay gente al otro lado de la frontera que quiere matarte a ti y a tus hijos. Y este era el trato: nosotros protegemos la frontera, y el Estado nos protege a nosotros.

Y este Gobierno, que es el peor Gobierno de la historia del Estado de Israel, dirigido por un hombre corrupto, impotente y egoísta que solo tiene ojos para sí mismo —Benjamin Netanyahu— nos ha fallado. Hubo señales de advertencia de que esto iba a ocurrir. El ejército y los servicios secretos señalaron que los vecinos de Israel estaban viendo la división interna del país por el desastroso plan del Gobierno de suprimir las competencias del poder judicial. En estos momentos se está informando de que los servicios secretos egipcios advirtieron a Netanyahu hace unos días de que Hamás estaba planeando algo masivo en la frontera.

“El ejército se está desmoronando”

La forma en que se desarrollaron los acontecimientos del día es el peor fracaso en la historia del Estado de Israel. Es decir, gente como mi padre, como Israel Ziv y otros oficiales del ejército retirados, tuvieron que venir aquí para salvar a los ciudadanos, para intentar salvar a sus familias y a otros. Por otro lado, el ejército se está desmoronando, y toda la infraestructura civil que se supone que debe apoyar al ejército y a la sociedad durante acontecimientos como este tampoco funciona.

Escuchen, ahora mismo tenemos que ganar esta guerra. Tenemos que destruir a Hamás. Tenemos que hacer que les resulte imposible volver a llevar a cabo algo ni remotamente parecido a lo que ocurrió el sábado. Ningún país del mundo puede permitir que algo así les ocurra a sus ciudadanos y simplemente volver a la normalidad. Me siento fatal por la gente de Gaza. Tengo el corazón roto. Pero este fue nuestro 11-S.

Después de que ganemos la guerra y erradiquemos a Hamás, habrá tiempo también para arrojar al basurero de la historia a cualquier político, empezando por el primer ministro, que haya tenido algo que ver con este fracaso. Pero esa es una conversación para mañana. Hoy se trata de salvar a nuestros ciudadanos y destruir la capacidad del enemigo para volver a hacer algo semejante.

Y.R. Y mañana, ¿qué pasará con Netanyahu?

A.T. Lo primero de todo, tenemos que ganar la guerra. Eso es lo más importante. Después de la guerra, creo que las personas que fueron a luchar y a rescatar a sus familias, y las personas que tienen seres queridos secuestrados dentro de Gaza, y las que perdieron sus hogares, esas personas no permitirán que este Gobierno permanezca ni un día más. Las protestas que Israel vio el año pasado van a ser un juego de niños comparadas con la ira del público después de esto. Pero ahora se trata de ganar la guerra.

Y.R. Esto no ha terminado. Esto continúa. Hay personas retenidas como rehenes. ¿Qué espera ahora de Estados Unidos y del mundo?

A.T. En primer lugar, me alivió ver el compromiso muy, muy firme del presidente Biden, de palabra pero también con actos, al enviar fuerzas militares estadounidenses a la región y dejar claro que si algún otro actor de la región se confunde, si intenta utilizar de forma equivocada este momento de crisis, Estados Unidos apoyará a Israel.

Está la cuestión de los israelíes secuestrados, algunos de los cuales tienen doble nacionalidad de otros países. Y en esto, como alguien que se dedica a informar sobre temas diplomáticos, creo que el lenguaje es realmente importante. Uno puede decir: “Hamás es responsable de su destino”. Ese es, ya sabe, el lenguaje diplomático habitual. Pero la frase que espero oír de los países, de Estados Unidos pero también de otros, es: “Esperamos su liberación inmediata”.

Son ciudadanos, ¿vale? La mayoría de ellos no son militares. Hay muchas mujeres allí. Hay niños. Hay ancianos. Y creo que la posición internacional debería ser que deben ser liberados inmediatamente. Esto es lo que espero oír.

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